-Crees que mi instinto me impulsa a protegerte porque eres bajita, una
chica o una estirada- respondo, acercándome un poco más a ella- Te equivocas.
Más cerca. Le toco la barbilla y, por un momento, pienso en acabar con
la distancia que nos separa.
-Mi instinto me impulsa a presionarte hasta que estalles, solo por ver
lo que aguantas- Explico, y es una confesión extraña y peligrosa. No quería
hacerle daño y nunca se lo he hecho, y espero que sepa que ni me refiero a
eso-. Pero resisto el impulso.
-¿Por qué te pide eso tu instinto?- me pregunta.
-A ti el miedo no te paraliza, sino que te despierta. Lo he visto. Es
fascinante.
Sus ojos en todas las simulaciones del miedo: Hielo, acero y una llama
azul. La chica bajita y menuda con los brazos tensos como cables. Una contradicción
andante. Deslizo las manos sobre su mandíbula y le toco el cuello.
-A veces...solo quiero verlo, verte despertar- añado.
Me toca la cintura y se aprieta contra mí o me aprieta contra ella, no
logro distinguirlo. Mueve las manos por mi espalda, y la deseo, la deseo de un
modo que no he sentido nunca antes, no como una especie de impulso físico sin
sentido, sino como una necesidad real y especifica. No de "alguien",
sino de ella.
Le toco la espalda, el pelo. Por ahora, con eso basta.
Tobías
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